Por la preservación de monumentos
Hagamos de la Parroquia San Roque un lugar histórico


                                        “Lo argentino se va. Es urgente salvarlo, antes que se                                         pierda para siempre... El cariño a la tierra y a nuestras                                         cosas son las fuentes perennes de mis anhelos...”       
                                                  Martiniano Leguizamón

 

 Por Alfonso Corso (*).-

   En el partido de La Matanza tenemos cientos de monumentos históricos potenciales, pero la falta de idoneidad o de voluntad o de conocimientos de los que deben saberlo nos están haciendo perder una enormidad de lugares históricos.
            Así podemos nombrar a Jabón Federal, el histórico y emotivo almacén “El peligro”, el mirador de Casartelli, la esquina de la liminar Municipalidad de La Matanza y muchos más. Incluso estuvo a punto de perderse la Parroquia de San Roque en su faz artística, la misma se salvó mediante la influencia de monseñor Jorge Marcón en aquellos momentos, de monseñor Juan Suárez (hoy obispo de Gregorio de Laferrere) y mi modesta conversación con monseñor Rodolfo Bufano.
            Esa parroquia, si bien no es única en el mundo, lo es seguramente en su estilo. ¿Quién se acuerda de ella y quien va a admirarla?, porque indudablemente es una obra de agradecimiento a Dios de un querido grupo de gente, pero de los que deben cuidarla institucionalmente... ni noticias.
            Circunstancias especiales me han permitido recorrer muchos países del mundo, entre otros Rusia, donde he visto templos maravillosos y lo mismo en Italia y en África, pero más se maravillaban con dos obras argentinas: Ciudad Evita y la Parroquia San Roque en La Matanza.
            Corría el año 1960 cuando monseñor Rapanti (obispo de este distrito en aquellos momentos) en una de sus visitas pastorales al partido -recorriendo las zonas obreras- reparó en la necesidad de instalar una capilla en la zona de Villa Insuperable. En esos momentos, una zona con poco más de un par de miles de habitantes pero carente en su superficie de un templo de la fe.
            Monseñor Rapanti convocó de inmediato al padre Eduardo Dacomo para que misionara al respecto y lo hizo con tal devoción que, en ese mismo año, monseñor Rasanti pudo bendecir la piedra fundamental.
            Aún las calles en su mayor parte eran de tierra y el padre Dacomo más de una vez debió apelar a los intendentes Prego, Colombana o Sánchez para que al menos mejoraran las calles a fin que los feligreses pudieran llegar los días de lluvia.
            La iglesia iba creciendo y, un día, hasta esa misma esquina de Reconquista y Larrea se acercó un humilde pero gran pintor, Antonio Chiavetti. Lo hizo en cumplimiento de una promesa: Estaba decidido de llenar de murales el templo.
             Y lo hizo al estilo Bizantino, con un enorme Cristo Gaudente, pero le dio un toque artístico único: el pueblo concurriendo a la iglesia y sus modelos eran los mismos vecinos del templo.
            Allí vemos a doña María con la bolsa de la feria, y a Don José hincado después de volver de la fábrica. Vemos a los niños dando alegría al barrio y a la capilla.
            Sus discípulos y colaboradores -Volpe, Adorisio, Maraninchi y Hollan- brindaron su arte y su esfuerzo en aras de una obra de fe y de belleza, que merece ser considerada como una de las más hermosas capillas del país, y por su estilo, única en el mundo.      
            Villa Insuperable sueña merecidamente ser considerada localidad y puede hoy enorgullecerse de esta obra de fe y de belleza que deber ser meta de peregrinación y de admiración.  

(*) Historiador del partido de La Matanza  

Ir arriba