| Opinión
Aprendamos a recuperar los
sueños
Por
Arturo Ter Akopian (*).-
Hoy a ciudad
de Ramos Mejía tiene dos problemas que con un simple análisis
podemos descubrir y que se originan por la falta de planificación
urbana.
El primero es
la construcción indiscriminada de edificios en altura: a
diferencia de los vecinos de Capital Federal, nosotros no tenemos
estado de derecho. Digo esto porque la ley de suelo de la provincia,
paradójicamente, rige para todo el ámbito provincial
pero no para la ciudad de Ramos Mejía, partido de La Matanza.
Una ordenanza municipal lo establece pero esta no puede estar por
encima de una ley provincial.
Esto no nos
debe asombrar si pensamos que en nuestro distrito no contamos con
un tribunal de Faltas y que es reemplazado por el Poder Ejecutivo
municipal, además, de un legislativo cuyo color político
es casualmente del mismo signo que el intendente. Esto, sin duda,
es una aberración democrática. Por eso, para los muchachos
del municipio, ¿no conocen la división de poderes
en un sistema republicano?
Sin ir más
lejos, podemos agregar otra contradicción: una ordenanza
municipal reglamenta que la defensoría del pueblo debe ser
propuesta por los concejales, de manera que, sería interesante
saber si esta defensoría, en su corta historia, desarrolló
alguna acción contra alguno de los integrantes del consejo
deliberante que la votó. Seguramente la respuesta es no.
En otra época
esta pseudodemocracia se la llamaba “autarquía”,
es decir, se trataba de gobiernos concentrados en familias poderosas
y esto era muy común antes de la Ley Sáenz Peña
(1912). En la actualidad, en nuestro distrito ocurre lo mismo, pero
a través del clientelismo político o las dadivas.
De manera que cualquier elección estará condicionada
y por esta causa se hace muy difícil que en Ramos Mejía
puedan surgir representantes propios.
Al mismo tiempo,
la crisis y el retroceso que sufrió nuestro país instaló
en la clase media la idea de que la política es sucia (con
sobradas razones) y provocó un escepticismo absolutamente
funcional al sistema imperante. Gracias a este vacío ideológico,
se infiltró el peor de los clientelismos políticos,
el de los amigos del poder, que por no confrontar o no oponerse,
obtienen algún rédito. Cabe acotar que nuestro país
ocupa el puesto 93 de corrupción, por eso no debe sorprendernos
lo ya expuesto.
La segunda gran
cuestión que está en juego es la obra urbana más
importante de la historia del oeste del Gran Buenos Aires. El gobierno
nacional tiene previsto otorgar 800 millones de dólares a
TBA para que administre y supervise obras en toda la traza del ferrocarril
Sarmiento. Esta empresa, además de estar en convocatoria
y sospechada de corrupción, ha demostrado un desprecio total
por la gente.
Si las obras
se hacen correcta y estudiadamente, pueden ser el punto de partida
para que todas nuestras ciudades obtengan la categoría de
primera, pero si se hacen mal, las dividirá fracturándolas
totalmente con el llamado muro antivandálico, que los vecinos
bautizamos como el muro de Berlín.
¿Los
vandálicos somos nosotros? que queremos ahorrar tiempo para
cruzar de un lado al otro, o son ellos, que pretenden que lo hagamos
por puentes, como el de la calle French -con todos los inconvenientes
e inseguridad ya conocida- o por túneles que no tienen ningún
tipo de estudio ambiental y de circulación.
Finalmente,
estamos de acuerdo con la propuesta del municipio ya que el tren
debe cambiar de nivel y no dividir las ciudades y reconocemos que
es un mérito del Gobierno Nacional que se invierta en nuestra
zona una cantidad tan grande de dinero. Por eso, no debemos desaprovechar
esta oportunidad histórica, ¡queremos que esta obra
se haga, pero que se haga bien!
Para eso debemos
soñar y pensar un proyecto urbanístico, y no un proyecto
ferroviario solamente, que mejore la calidad de vida de la gente
y que no la complique aún más.
Vecinos: ¡Es
hora de que recuperemos los sueños y nos comprometamos!
(*)
Arquitecto, vecino de la ciudad de Ramos Mejía, impulsor
de varios reclamos al gobierno


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