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“Cuando los sumisos y obsecuentes más se someten al poder para buscar supuestos beneficios, más el poder los humilla y los desprecia. El poder desprecia la obsecuencia siempre y obtiene placer en humillar a los sumisos”. (Shakespeare, 1611)


 

 


 



 




 


El caso movilizó a toda una barriada
Pena máxima para joven que violó y mató a una nena y después simuló buscarla

El atroz hecho ocurrió en 2002 y en septiembre de este año lo condenaron a cadena perpetua * La víctima tenía cinco años y estaba desaparecida * Pero en realidad un vecino la había matado tras ultrajarla * El asesino fingió interesarse por encontrarla en medio de cientos de vecinos que buscaban a la chiquita por todo un barrio en Virrey del Pino * Sostuvo la mentira hasta que descubrieron el cuerpo en un techo de machimbres de su casa *

El 9 de agosto de 2002, alrededor de 200 vecinos de Virrey del Pino se juntaron para buscar a María Soledad Leguiza -una nena de cinco años que había desaparecido del patio de su casa mientras jugaba- sin llegar a suponer que el sujeto que resultó ser el asesino de la pequeña estaba entre ellos.
A tres años del atroz episodio, el último 12 de septiembre el Tribunal en lo Criminal 3 de La Matanza, a cargo de Liliana Logroño, Jorge Fabián Van Staden y José Antonio Lecce, encontró al joven Jorge Adrián Acuña culpable de “abuso sexual agravado con acceso carnal y homicidio agravado” y lo condenó a reclusión perpetua.
Acuña, de 20 años, que era vecino de la chiquita, había inventado una falsa historia para ocultar que violó a la nena de tan sólo cinco años, la asfixió y luego la escondió en un entretecho de madera de su casa.
El aberrante episodio se desencadenó en la tarde de aquel 9 de agosto cuando María Soledad Leguiza desapareció del patio de su casa donde había estado jugando.
Como su madre no la encontró allí cuando fue a llamarla para tomar la leche, salió a buscarla desesperada por el barrio. Un vecino le dijo que Jorge Acuña había mandado a la nena a comprar cigarrillos; entonces, la mujer se dirigió a la casa de este joven -frente a su propia vivienda- quien le confirmó la versión.
Desde ese momento el muchacho inició su farsa: Acompañó a la mujer a golpear la puerta de cada vecino y después hasta la comisaría de Virrey del Pino para hacer la denuncia.
Incluso, el joven vecino subió a bordo de un patrullero junto a la madre de la chiquita para buscarla. Mientras tanto, la gente de esa localidad salía a recorrer los diferentes barrios alertando a los demás pobladores sobre la desaparición de María Soledad.


Una coartada tras otra

La historia pergeñada por Acuña se sostenía hasta que las primeras sospechas en su contra surgieron cuando se supo que la nena nunca había llegado hasta el quiosco mencionado por el asesino. Además, resultaba curioso que durante los rastreos los canes no se movían de la cuadra en la que se encontraba la casa de la pequeña.
Después, descubrieron manchas rojas en su zapatilla, a lo cual argumentó que se trataba de manchas de sangre porque se había cortado con un pela papas.
Acorralado, el muchacho improvisó otra farsa, intentó desviar la atención culpando a otra persona: Dijo que en realidad él fue a comprar los cigarrillos y cuando volvió otro vecino, un tal José (un nombre inventado), le contó que había matado a la nena y la había ocultado en su casa.
Finalmente, en medio del desconsuelo familiar, la cruel verdad salió a la luz. María Soledad Leguiza fue encontrada en un entretecho de machimbres ubicado sobre la heladera de la vivienda de Acuña. Su cuerpecito estaba desnudo y tenía un cable alrededor del cuello. Había sido muerta por asfixia y violada.
En la casa del sujeto hallaron una bolsa de residuos con el pantalón de jeans de la nena, su buzo azul manchado con sangre, la ropa interior y una zapatillas rojas que estrenaba ese día, además de un slip floreado.
El cinismo con el que el homicida actuó al querer distraer la atención pretendiendo ayudar en la búsqueda de la chiquita, actuó como agravante de su situación.

La Edición Digital del diario NCO, está dedicada a la memoria   de Antonio Mamerto Gil ("El Gauchito Gil") en reconocimiento a las gracias concedidas.

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