Muerte
en los saqueos: segundo día de juicio
Tenso debate por las declaraciones de un
testigo clave y una vecina que incurrió en falso testimonio
El
testimonio del amigo de una de las víctimas comprometió
al imputado de uno de los crímenes * Al inicio del juicio
otros testigos afirmaron su culpabilidad y la de los demás
imputados * Tres comerciantes y un vigilador privado están
siendo juzgados desde este lunes por los asesinatos del adolescente
Damián Ramírez y Ariel Salas, en Ciudad Evita, en
diciembre de 2001 *
Por
Soledad Saliola.-
Tirantez,
desconcierto y fuertes emociones se vivieron ayer en la segunda
jornada del juicio por dos asesinatos ocurridos durante los saqueos
de diciembre de 2001 en Ciudad Evita. Una verdad salía a
la luz con el testimonio clave de un muchacho que declaraba haber
visto disparar al acusado Franco Mazzi contra la víctima
Ariel Salas, y otra parecía ser desvirtuada por una testigo
que se contradecía de sus anteriores acusaciones contra ese
imputado.
La primera
en prestar declaración testimonial ayer, al reanudarse la
audiencia cerca del mediodía en el Tribunal en lo Criminal
Nº 3 de La Matanza, fue María Teresa Esquivel, una vecina
conocida de la familia de la otra víctima Damián Ramírez.
Al inicio del interrogatorio a cargo del fiscal Sergio Antín,
la mujer se mostró con algunas reticencias a contar detalladamente
lo que sabía de aquel trágico 19 de diciembre de 2001.
Y luego, inesperadamente, se sucedieron distintos inconvenientes.
La testigo
empezó relatando que ese día llegó al lugar
del hecho siendo las 20.30, “corría gente de un lado
para otro, disparos de arma en toda la calle Cristiana, me tuve
que esconder en un corralón por miedo a que me pasara algo”,
mencionó. Al principio dijo que una persona, que no sabía
quien era, disparó al aire una escopeta en la esquina de
Cristianía y Maciel, pero después de las reiteradas
preguntas del fiscal y de recordarle que estaba bajo juramento,
mencionó que se trataba de “El tano” Franco Mazzi.
El fiscal encontró
en el testimonio de la declarante dos contradicciones, una de ellas,
referida a que indicó que Mazzi efectuó un solo disparo
de escopeta, cuando en sus declaraciones anteriores, durante la
instrucción de la causa, había denunciado que Mazzi
“no dejó de disparar”.
“Eso
yo no lo dije, no lo recuerdo”, expresó Esquivel pese
a haber reconocido su firma en el acta de declaración donde
constaba su acusación. Entonces, Antín pidió
que quedara constancia de los dichos de la testigo para luego iniciar
las correspondientes acciones legales. “¿Usted se da
cuenta de lo que acaba de decir?. La voy a denunciar por falso testimonio”,
le advirtió el fiscal de juicio, lo cual generó la
protesta de la defensa por considerar improcedente su frase.
Esquivel además
mencionó que hubo muchos comentarios que corrieron tras los
hechos, entre los cuales, se rumoreaba acerca de cómo quedaron
los negocios destrozados y sobre el autor de los homicidios decían
que “era uno que hacía la vigilancia en la cuadra”.
También agregó que los negocios de “El tano”
no fueron saqueados cuando ocurrieron los dos homicidios, pero sí
al día siguiente, el 20 de diciembre.
El segundo en
atestiguar fue Hernán Cabrera, un joven amigo del joven asesinado
Ariel Salas. Su relato fue contundente, conmovió a la nutrida
concurrencia de familiares y amigos, y provocó que el padre
de la víctima, Juan Domingo Salas, tuviera que abandonar
la sala desbordado por el dolor.
Cabrera estuvo
en el sitio de la tragedia, y según contó, primero
observó el caos de los saqueos desde la parada del colectivo
624 sobre la calle Maciel, a lo que agregó que vio a Mazzi
disparar hacia arriba con un arma chica y que también lo
vio cuando arrodillado le disparó con arma grande en la cara
a Salas. En ese instante, añadió, escuchó a
la gente empezando a gritarle a Mazzi que dejara de disparar porque
ya había matado a un pibe.
“Mazzi
estaba protegiendo sus negocios de Maciel y Cristianía”,
aseveró el muchacho, por lo que hizo referencia a que ese
día ninguno de esos locales de su propiedad fueron tocados.
Este juicio
-el primero por los 39 homicidios que ocurrieron en diciembre de
2001- comenzó finalmente el lunes último, después
de dos postergaciones debidas a presentaciones judiciales hechas
por la defensa de los acusados.
La primera audiencia
fue inaugurada con la declaración de la madre de Damián
Ramírez, quien dejó en claro que su hijo no era un
saqueador. Esa jornada duró hasta entrada la noche, desfilando
testigos presenciales y sobrevivientes de la balacera, que comprometieron
a los cuatro imputados: el comerciante Franco Mazzi, Bernardo Joulie,
ex uniformado de la Prefectura y su guardaespaldas; ambos acusados
del doble homicidio, y los comerciantes César Rafael Orellana
y César Enrique Maguicha, imputados por las lesiones y el
intento de matar a dos personas, una que recibió una perdigonada
en una pierna y otra herida con un tiro por la espalda.
Tres policías
que llegaron en el momento de los crímenes y secuestraron
cartuchos señalaron que la gente del vecindario no tenía
armas. Sobre el final del día habló Joulie: “lamento
lo sucedido, las cosas no tenían que haber sido así,
no era necesario disparar contra la gente”, dijo el ex agente
de la Prefectura ante los jueces.
Joulie declaró
que tenía una escopeta, pero aseveró que Mazzi se
la sacó. Le atribuyó los disparos con esa arma y con
una pistola nueve milímetros, que en determinado momento
se la dio a su esposa. En lo que respecta a su participación,
negó haber disparado.
Para Mazzi,
el juicio empezó con un revés. Su abogado defensor,
Miguel Angel Pierri, pidió que le devolvieran el beneficio
del arresto domiciliario, que perdió la semana pasada por
haber salido de su casa. Pero los jueces Jorge Van Staden, Diana
Volpicina y Liliana Logroño rechazaron el planteo y tendrá
que seguir preso en la Unidad 29. Tampoco aceptaron otro pedido
suyo para anular una declaración que él mismo prestó
durante la instrucción de la causa y que lo comprometía.
Allí admitía haber disparado, luego de aclarar que
la apuntó al piso.
A Damián
Ramírez los mató un proyectil que, por las características
de la herida y la distancia, se estima que fue de una pistola 9
milímetros. Joulie tenía una arma de ese tipo, pero
aún no está claro quién efectuó el disparo.
Ariel Salas, de 30 años, tenía en la cabeza y en el
pecho más de treinta perdigones de escopeta. Ese día,
por los disturbios, Ariel salió dos horas antes del taller
de alhajas donde trabajaba en Capital Federal y al bajar del colectivo
180, camino a su casa, lo sorprendió la balacera.
El
juicio continuaría hoy con testigos de las dos partes y de
la fiscalía.

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